lunes, 17 de agosto de 2009

Justicia coja... larga crónica de un viaje ¿al pasado? II

Persecución, hallazgo y destierro

Los que perseveramos, luego de una vertiginosa persecución por carretera, dimos alcance al autobús casi dos horas después frente a la entrada de El Encanto, un hotel enclavado entre cerros en el municipio de Berriozábal.

En ese lugar, Juana García Palomares pretendía encerrar a los liberados para llevarlos al día siguiente a un "diálogo" en el Palacio de Gobierno que ella había gestionado (sabrá ella a cambio de qué), según explicó a los indignados abogados que, por fin, pudieron hablar con sus representados.
¿El argumento? que la liberación de los indígenas acusados por la matanza había generado tal molestia entre los familiares de las víctimas que no era posible permitirles regresar a Chenalhó, no obstante que la Corte declaró ilícitas las pruebas con que los procesaron y sentenciaron. No obstante toda la evidencia de que la mayoría de los procesados no participó en el crimen.

Ante el cansancio y el desconcierto de los indígenas, muchos de los cuales siguen sin hablar español, los abogados optaron por dejarlos descansar y acompañarlos tres horas después, a las nueve de la mañana del jueves, las pláticas con el gobierno estatal.

La jornada del jueves fue igual de larga. No vale la pena reseñar aquí el monólogo, que no diálogo, con Noé Castañón, secretario de Gobierno, quien recurrió a todas las argucias posibles para obligar a los liberados a no regresar a Chenalhó, y de paso, ni siquiera ir a San Cristóbal de las Casas, donde sus familiares los aguardaban hacía horas.

Presionó, prometió, intimidó, volvió a presionar y finalmente, arrinconó a los liberados, y obtuvo lo que su jefe el gobernador le había ordenado: el acuerdo de no retorno y de reubicación en un punto alejado de Chenalhó. Es decir, el destierro.

No entiendo cómo alguien como Juan Sabines puede burlar el cumplimiento de la ley, pasarse por el arco del triunfo las disposiciones de la Corte sobre el derecho al debido proceso y burlar, precisamente, una de las garantías que lo definen, la del acceso a la defensa. Todo en nombre de una supuesta cultura de la paz.


¿Cuál paz? ¿la suya? ¿la de su familia? o la de los grupos y los intereses que protege por encima de sus obligaciones con los chiapanecos, primero, y con todos los mexicanos después.

Pero además, tampoco entiendo que algo así ocurra sin que nadie proteste: ni la Corte, ni el presidente Felipe Calderón, quien el mismo día en que se daba cuenta de lo ocurrido con los liberados se limitó a pronunciarse porque nunca más se dé otro Acteal.

Señor presidente: los Acteal, los Aguas Blancas, los ABC y los "Casitas del Sur" seguirán ocurriendo mientras en este país no se respete la ley, simple y llanamente; mientras alguien con un poco de poder pueda secuestrar impunemente a un grupo de hombres libres, injustamente procesados y encarcelados, y decirles "son libres, pero no para regresar a su casa".

La impunidad seguirá perpetuándose mientras no se haga justicia a las 45 víctimas de la matanza de Acteal y a tantas otras que siguen esperando; mientras no se castigue a los verdaderos culpables y mientras el cumplimiento de la ley siga negociándose para servir a los intereses de unos cuantos.

domingo, 16 de agosto de 2009

Justicia coja... larga crónica de un viaje ¿al pasado? I


Realmente no entiendo a este país.

No me puedo explicar cómo puede un cacique mediocre pasar por encima de una resolución histórica de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) y burlar, con la mano en la cintura, una orden de libertad inmediata emitida por el máximo tribunal del país.

Hace unos días celebraba yo la decisión de la Corte (todavía no confirmada entonces) de liberar a los indígenas acusados por la matanza de otros indígenas en Acteal, Chiapas, el 22 de diciembre de 1997. La Corte había descubierto, con casi 12 años de retraso, que la Procuraduría General de la República (PGR) falsificó pruebas y testigos para presentarlos como los culpables.

Y qué mejor culpable que un grupo de indígenas que no hablaban español en esa época, que no entendían las tortuosidades de nuestro sistema de justicia (bueno, si a veces ni los mejores abogados las entienden, imagínense ellos). Total, nadie protestaría y con una "investigación" al mejor estilo de la PGR se acallarían un poco las voces que aquí y en el plano internacional exigían justicia.

Pues bien. El miércoles, la Corte reparó -aunque un poco tarde- la injusticia cometida, y no a todos los afectados: sólo a 20 de ellos, a quienes el máximo tribunal órdenó dejar en libertad inmediata a las 15:00 horas. Los otros 59 deberán esperar una resolución similar en los próximos meses, puesto que nuestra expedita justicia no es tan expedita.

Pero dejando de lado ese inconveniente, el fallo de la Corte fue impecable: en uno de los puntos centrales, la resolución definió y prohibió las pruebas ilícitas, que, para desgracia de los mexicanos, son las únicas que sabe obtener la PGR.

Con ese fallo bajo el brazo se fueron los abogados a Chiapas, dispuestos a ser los primeros en felicitar a sus representados. Pero he aquí que no contaban con el ilustre (sólo de apellido, aclaro) gobernador Juan Sabines, que al parecer no entiende el significado del término libertad absoluta.

Cuatro horas de trayecto del Distrito Federal hasta el penal de El Amate, en Cintalapa, fueron suficientes para retroceder en el tiempo, para viajar al pasado, a la prehistoria del sistema de justicia.

Justo en el momento en que se dio el fallo de la Corte, el director del penal, un siniestro personaje de nombre Luis Eduardo de León Castillejos, siguiendo instrucciones del gobernador, comenzó a armar la estrategia que impediría a los liberados regresar a sus comunidades en el municipio de Chenalhó, al que pertenece Acteal.

Para ello se sirvió de Juana García Palomares, una mujer a la que conocen todos los implicados en el caso Acteal; una de esas lideresas que se presta para todo si hay algún beneficio de por medio, y le permitió entrar al penal a las tres de la tarde, con un autobús que se estacionó en la salida del área de sentenciados, mientras el transporte de los abogados tuvo que permanecer afuera del penal.

Con la complicidad de actuarios federales y la anuencia del director, la mujer (que no es abogada) suplantó a los defensores acreditados de los liberados y los "asistió" en la diligencia de notificación, al filo de la medianoche, mientras el creativo encargado del penal negaba el acceso de los abogados, con inagotables excusas.

Pasadas las tres de la mañana, el autobús autorizado por el director salió del penal con los indígenas liberados a bordo, sin que éstos hubieran visto a sus abogados. no faltaron, desde luego, las tácticas para engañar a la prensa, que había esperado todo el día la salida: dos camionetas con vidrios polarizados distrajeron al grupo más numeroso de comunicadores y los llevaron a dar vueltas alrededor del penal.

Para los que se quedaron y para una parte del grupo de abogados que seguía sin entrar, el creativo funcionario envió otro autobús, igual, salvo en el número, a aquel en que salieron los excarcelados. (Continuará.....)

martes, 11 de agosto de 2009

¿Disculpas por qué?

"Ellos quieren que los disculpe, la verdad todos quisieran decir algo, pero ya ve que no hablamos bien español", me dijo Juan en un tono bajito, disculpándose a mitad de la entrevista por aquellos de sus compañeros que no hablan más que el tzotzil.


¿Disculpas? ¿disculpas por qué? me dije.

Las disculpas debemos ofrecerlas todos los demás, todos los que no hemos sabido, o podido, o querido, hacerles un espacio a los indígenas mexicanos para que caminen a nuestro lado y no detrás; todos los que lucran con su pobreza, con sus necesidades y con su infinita paciencia.


Me sentí avergonzada: no son ellos los incapaces de comunicarse, somos los demás los que no entendemos, los que no escuchamos, los que no miramos.


Me disculpé con Juan y sus compañeros. Les agradecí el tiempo que me dieron para conocer sus historias, para compartir conmigo sus temores y sus esperanzas, y salí preguntándome cuánto más seguiremos haciéndolos a un lado, cuánto tiempo más seguiremos tomando decisiones por todos, sin tomarlos en cuenta, sin importar si están de acuerdo.


Nos hemos acostumbrado a verlos sin mirarlos; sin preguntarnos, y peor aún, sin preguntarles, cuáles son sus sueños, sus esperanzas, qué quieren y cómo. Creemos que lo que está bien para nosotros debe estar bien para ellos, sin razones, sin argumentos, simplemente porque sí.

Somos una nación dividida, y así no hay camino que nos lleve al progreso.

La culpa la tiene Marcos... y Calderón, y Salinas, y....

Siempre que voy a Chiapas, y sobre todo a San Cristóbal, me impresiona y me indigna cómo los extranjeros han hecho de la explotación de los indígenas su modus vivendi, y no estoy hablando de hace 100 ó 200 años, sino de hoy.

En los últimos años, circular por las calles de San Cristóbal es casi imposible. Hay tantos vehículos que la velocidad obligada no rebasa los 20 kilómetros por hora. Ni qué decir de los lugares para estacionarse. Dejar el carro en las calles que rodean la catedral es casi casi una misión suicida.

Los negocios de extranjeros, y de mexicanos, que venden a precio de oro las artesanías elaboradas por chamulas, zinacantecos y demás etnias chiapanecas han prosperado a raíz del surgimiento del payaso enmascarado, que les enseñó a muchos de sus seguidores cómo vivir de la defensa de los usos y costumbres de los indígenas, pero manteniéndolos en su eterna marginación.

Las tiendas de artesanías acaparan el producto de las manos indígenas, pagándolo a precio de hambre. En contraste, a cada paso por el centro, o dentro de los restaurantes y cafeterías que han proliferado en San Cristóbal, se te acercan niños que malbaratan su trabajo por unos cuantos pesos para vivir , o más bien sobrevivir, al día.

No estoy en contra de la prosperidad de los comerciantes honestos, pero Chiapas y sus pueblos indígenas son el ejemplo vivo y doloroso de una explotación y un saqueo que no cesaron con la Independencia ni con la Revolución. Tampoco terminaron con los sucesivos gobiernos priístas y panistas que de tanto en tanto lanzan "programas sociales", que no son sino limosna disfrazada, y no atacan las verdaderas causas de la marginación.

Para rematar el ancestral saqueo llegó Marcos, con su imagen de guerrillero romántico, que prometía, ahora sí, luchar por el progreso y el desarrollo de los pueblos indígenas. 15 años después, las comunidades indígenas -aun las zapatistas- siguen sumidas en la pobreza y el olvido. Conservan unos usos y costumbres que marginan a las mujeres y alientan el machismo, y son el pretexto perfecto para perpetuar la miseria y, con ella, la explotación.
La andanada de extranjeros que llegó atraída por el payaso se quedó, para mala suerte de Chiapas, y sigue ahí, pululando entre los pueblos, comerciando con su trabajo y acaparando los mejores puntos de venta, pero eso sí, convencidos de que están ayudando a los indígenas.

El dilema no es fácil. ¿Como conciliar la conservación de la milenaria riqueza cultural de nuestros pueblos indígenas, con los proyectos de desarrollo (que tampoco son el mejor ejemplo de éxito) del resto de la población?

No tengo la respuesta. Pero creo que tiene que ver con la posibilidad de elegir.
Antes que imponerles programas clientelares, que solo reditúan beneficios al gobernante en turno, los puelbos indígenas de Chiapas y de todo el país deben tener acceso a la salud, no la farsa del Seguro Popular; educación, servicios, otorgados no como dádiva, sino como derecho, sin que sientan, como ahora, que deben avergonzarse de la cultura heredada de sus padres y abuelos.

Si tienen realmente la posibilidad de elegir, seguramente elegirán lo que sea mejor para ellos.

Los buenos compañeros

Qué agradable es viajar en buena compañía.

Sobre todo cuando se trata de un viaje largo y fatigoso, como el de este fin de semana. Pasar horas como copiloto de un gruñón o, peor aun, de un pesado, alarga la jornada y la hace insufrible, lo digo por experiencia.

Y miren que yo no soy un copiloto fácil de someter: hablo sin parar, salto de un tema a otro y tengo cuerda para varias horas seguidas, lo que seguramente es un daño colateral de este oficio para locos o suicidas en el que estoy metida.

Tomar la carretera con destino incierto, y preguntarte si vas a encontrar a la gente, el lugar o el tema que estás buscando, es una de las partes más emocionantes y gratificantes de este trabajo: planear en el camino qué vas a decir, cómo te vas a presentar, cómo vas a reaccionar si no... o si sí...

Si, además, tu compañero comparte la emoción, aporta su dosis de planeación y sus puntos de vista y tiene un excelente humor, el viaje de cuatro horas de Cintalapa a Acteal (de la costa a la montaña) y el regreso de noche a San Cristóbal, es como coser y cantar (decía mi abuela).

Por eso, gracias querido Jorge. Gracias por tu alegría y tu disposición. Por tu conversación, tu variada música y tus ocurrencias, y por ayudarme a descubrir que no soy la única loca (según algunos de mis seres queridos, que conste) que disfruta esas canciones cursis que cantamos juntos para aligerar el camino.

jueves, 6 de agosto de 2009

Hoy no fue uno de esos días

Hay días en los que creo que este país no tiene remedio, y que inexorablemente se van a cumplir todas las profecías mayas, aztecas y hasta las de Nostradamus, y vamos a ser aniquilados en castigo a la vergonzosa corrupción y a la inaudita impunidad que toleramos, impasibles, como individuos y como sociedad. Hoy no fue uno de esos días.

Me explico:
Generalmente empiezo el día leyendo el periódico (y mentando madres) porque la nota principal y varias más sacan a la luz un nuevo acto de corrupción oficial, una desvergüenza más de algún miembro de nuestra (¡toco madera!) clase política, o una tragedia desencadenada por la negligencia y ¡cómo no! por la corrupción, como el incendio de la guardería ABC.

Pero decía que hoy no fue un día de esos. Hoy, la cabeza principal de El Universal (La PGR aportó pruebas falsas en Acteal: Corte) me reconfortó y me hizo pensar que no todo está perdido, aunque marche a paso lento.

La nota adelantó la conclusión de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) sobre uno de las más vergonzosos episodios de impunidad en la historia reciente del país: la masacre de Acteal, Chiapas, en la que fueron asesinados 45 indígenas tzotziles, y de la que fueron acusados otros 87 indígenas, también tzotziles.

Justo 13 meses después de que la Corte atrajo el amparo solicitado por los acusados para investigar las violaciones a sus derechos durante el juicio, pudimos saber que, tras revisar el expediente, el máximo tribunal del país estableció que la PGR acusó a los indígenas presos con pruebas falsas y resolvió que deben ser liberados.

Que la PGR, y en general las procuradurías de justicia del país, falsifiquen pruebas para fabricar culpables no es novedad. Todos los mexicanos, y unos cuantos extranjeros, están familiarizados con ese vergonzoso proceder de nuestras instituciones de procuración de justicia, ya sea por haberlo vivido en carne propia o a través de algún familiar, amigo o conocido.

No. Lo novedoso y alentador en este caso es que la Corte se lance al ruedo, asuma su responsabilidad de garantizar el respeto a los derechos constitucionales de los mexicanos y revise la forma en que se imparte justicia en el país, para dictar las reglas del juego y restablecer la equidad.

La advertencia que dejará este fallo a la PGR, a todas las procuradurías del país, y de pasada también a los jueces y magistrados, es que nadie puede ser acusado con pruebas y testigos falsos, que tampoco puede ser obligado a incriminarse y, menos aun, pasar más de 10 años encarcelado sin recibir una sentencia, cuando la Constitución fija como plazo máximo el de un año.

Sé que muchas voces se alzarán para reprobar el fallo de la Corte, a nombre de las víctimas, porque en este país lo políticamente correcto es estar de su lado.
Yo creo que si queremos tener un futuro como sociedad debemos estar siempre, por encima de todo, de lado de la justicia. Y eso es lo que no ha habido en Acteal durante casi 12 años, ni para las víctimas ni para los acusados.

La Corte lo sabe y ha dado el primer paso para terminar con la impunidad, al menos en este caso.

¿Por qué aprendiz de bruja?

¿Aprendiz de bruja? ¿por qué de bruja? preguntó mi sobrino, un adolescente de 18 años que tiene todo para ser un exitoso hacker, pero que ha preferido lanzarse a la incierta empresa de estudiar una carrera universitaria y convertirse en ingeniero industrial. Ya sabrán más de él.
¿Por qué no? le respondí yo. Y enseguida le endilgué la versión larga de las razones por las que me siento atraída hacia las brujas y decidí convertirme en aprendiz de ese mal entendido y perseguido oficio. Negrita

Para empezar, debo confesar que mi curiosidad por las brujas comenzó desde mi más tierna infancia, cuando en lugar de salir al recreo me iba a la biblioteca de la escuela a devorarme los cuentos de hadas –como verán, era una biblioteca muy elemental- y salía preguntándome si de verdad Maléfica y demás representantes del oficio brujeril eran tan pero tan malas como parecían, o alguien simplemente había decidido calumniarlas.

También me encantaba Samantha, la bruja buena de Hechizada, y me maravillaba lo que lograba con sólo mover la nariz. Desde luego, nunca soñé con ser una de las princesas atormentadas por las brujas en los cuentos de hadas. Todo eso, confieso, me ganó el sobrenombre de “rarita” entre mis compañeras, cosa que ni me importó entonces ni me importa ahora, pues nunca aspiré a ser reina de popularidad.

Algunos años después, ya sabiéndome casi de memoria las colecciones de los hermanos Grimm, de Perrault y demás clásicos infantiles, descubrí Las Brujas de Salem, de Arthur Miller, y comprendí que los personajes que tanto me intrigaban eran el arquetipo de algo más que la maldad, y que efectivamente habían sido calumniadas, una calumnia que ya llevaba varios siglos. Ya lo dice el dicho: “calumnia, que algo queda”.

Siguiendo con la investigación, que duró su tiempecito, no se crean, aprendí que las brujas representan, mejor que cualquier otro símbolo, la discriminación de género.
Sí, porque “bruja” fue el titulito que les endosaron en la Edad Media los “santos” inquisidores y la aun más santa madre iglesia (católica o reformista-puritana, da lo mismo) a las mujeres que no se ajustaban a los cánones de una cultura machista y represora. Una cultura que veía con sospecha (yo creo que más bien con miedo) a las mujeres con sed de conocimiento, a las que no dependían de un hombre, a las curanderas, conocedoras de las artes de la sanación (horror!!!) y del amor (más horror!!!).

Había, pues, que perseguirlas y someterlas. Las llamaron brujas o hechiceras y les colgaron toda clase de “milagritos”: pervertidas, paganas, dueñas de poderes sobrenaturales y súbditas del diablo, todo lo cual justificaba que fueran quemadas con leña verde o, por lo menos, exiliadas a lugares apartados, donde no pudieran ejercer sus maléficas y oscuras artes.

Y esa fue la principal razón por la que, de intrigarme, las brujas comenzaron a apasionarme.
Como unas cosas llevaron a otras, en menos que les cuento ya estaba yo metida con la causa feminista, y cada vez más convencida de querer aprender un poco de la sabiduría que, en tiempos tan oscuros, hizo brillar con luz propia a mujeres como Anne Hutchinson, Mary Dyer, Mary Bliss Parsons y tantas otras, que lucharon para echar abajo las ridículas trabas con las que pretendieron cortarles las alas.
Así que lo confieso, sin más: soy, orgullosamente, aprendiz de bruja.