Siempre que voy a Chiapas, y sobre todo a San Cristóbal, me impresiona y me indigna cómo los extranjeros han hecho de la explotación de los indígenas su modus vivendi, y no estoy hablando de hace 100 ó 200 años, sino de hoy.
En los últimos años, circular por las calles de San Cristóbal es casi imposible. Hay tantos vehículos que la velocidad obligada no rebasa los 20 kilómetros por hora. Ni qué decir de los lugares para estacionarse. Dejar el carro en las calles que rodean la catedral es casi casi una misión suicida.
Los negocios de extranjeros, y de mexicanos, que venden a precio de oro las artesanías elaboradas por chamulas, zinacantecos y demás etnias chiapanecas han prosperado a raíz del surgimiento del payaso enmascarado, que les enseñó a muchos de sus seguidores cómo vivir de la defensa de los usos y costumbres de los indígenas, pero manteniéndolos en su eterna marginación.
Las tiendas de artesanías acaparan el producto de las manos indígenas, pagándolo a precio de hambre. En contraste, a cada paso por el centro, o dentro de los restaurantes y cafeterías que han proliferado en San Cristóbal, se te acercan niños que malbaratan su trabajo por unos cuantos pesos para vivir , o más bien sobrevivir, al día.
No estoy en contra de la prosperidad de los comerciantes honestos, pero Chiapas y sus pueblos indígenas son el ejemplo vivo y doloroso de una explotación y un saqueo que no cesaron con la Independencia ni con la Revolución. Tampoco terminaron con los sucesivos gobiernos priístas y panistas que de tanto en tanto lanzan "programas sociales", que no son sino limosna disfrazada, y no atacan las verdaderas causas de la marginación.
Para rematar el ancestral saqueo llegó Marcos, con su imagen de guerrillero romántico, que prometía, ahora sí, luchar por el progreso y el desarrollo de los pueblos indígenas. 15 años después, las comunidades indígenas -aun las zapatistas- siguen sumidas en la pobreza y el olvido. Conservan unos usos y costumbres que marginan a las mujeres y alientan el machismo, y son el pretexto perfecto para perpetuar la miseria y, con ella, la explotación.
En los últimos años, circular por las calles de San Cristóbal es casi imposible. Hay tantos vehículos que la velocidad obligada no rebasa los 20 kilómetros por hora. Ni qué decir de los lugares para estacionarse. Dejar el carro en las calles que rodean la catedral es casi casi una misión suicida.
Los negocios de extranjeros, y de mexicanos, que venden a precio de oro las artesanías elaboradas por chamulas, zinacantecos y demás etnias chiapanecas han prosperado a raíz del surgimiento del payaso enmascarado, que les enseñó a muchos de sus seguidores cómo vivir de la defensa de los usos y costumbres de los indígenas, pero manteniéndolos en su eterna marginación.
Las tiendas de artesanías acaparan el producto de las manos indígenas, pagándolo a precio de hambre. En contraste, a cada paso por el centro, o dentro de los restaurantes y cafeterías que han proliferado en San Cristóbal, se te acercan niños que malbaratan su trabajo por unos cuantos pesos para vivir , o más bien sobrevivir, al día.
No estoy en contra de la prosperidad de los comerciantes honestos, pero Chiapas y sus pueblos indígenas son el ejemplo vivo y doloroso de una explotación y un saqueo que no cesaron con la Independencia ni con la Revolución. Tampoco terminaron con los sucesivos gobiernos priístas y panistas que de tanto en tanto lanzan "programas sociales", que no son sino limosna disfrazada, y no atacan las verdaderas causas de la marginación.
Para rematar el ancestral saqueo llegó Marcos, con su imagen de guerrillero romántico, que prometía, ahora sí, luchar por el progreso y el desarrollo de los pueblos indígenas. 15 años después, las comunidades indígenas -aun las zapatistas- siguen sumidas en la pobreza y el olvido. Conservan unos usos y costumbres que marginan a las mujeres y alientan el machismo, y son el pretexto perfecto para perpetuar la miseria y, con ella, la explotación.
La andanada de extranjeros que llegó atraída por el payaso se quedó, para mala suerte de Chiapas, y sigue ahí, pululando entre los pueblos, comerciando con su trabajo y acaparando los mejores puntos de venta, pero eso sí, convencidos de que están ayudando a los indígenas.
El dilema no es fácil. ¿Como conciliar la conservación de la milenaria riqueza cultural de nuestros pueblos indígenas, con los proyectos de desarrollo (que tampoco son el mejor ejemplo de éxito) del resto de la población?
No tengo la respuesta. Pero creo que tiene que ver con la posibilidad de elegir.
El dilema no es fácil. ¿Como conciliar la conservación de la milenaria riqueza cultural de nuestros pueblos indígenas, con los proyectos de desarrollo (que tampoco son el mejor ejemplo de éxito) del resto de la población?
No tengo la respuesta. Pero creo que tiene que ver con la posibilidad de elegir.
Antes que imponerles programas clientelares, que solo reditúan beneficios al gobernante en turno, los puelbos indígenas de Chiapas y de todo el país deben tener acceso a la salud, no la farsa del Seguro Popular; educación, servicios, otorgados no como dádiva, sino como derecho, sin que sientan, como ahora, que deben avergonzarse de la cultura heredada de sus padres y abuelos.
Si tienen realmente la posibilidad de elegir, seguramente elegirán lo que sea mejor para ellos.
Si tienen realmente la posibilidad de elegir, seguramente elegirán lo que sea mejor para ellos.
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