jueves, 6 de agosto de 2009

¿Por qué aprendiz de bruja?

¿Aprendiz de bruja? ¿por qué de bruja? preguntó mi sobrino, un adolescente de 18 años que tiene todo para ser un exitoso hacker, pero que ha preferido lanzarse a la incierta empresa de estudiar una carrera universitaria y convertirse en ingeniero industrial. Ya sabrán más de él.
¿Por qué no? le respondí yo. Y enseguida le endilgué la versión larga de las razones por las que me siento atraída hacia las brujas y decidí convertirme en aprendiz de ese mal entendido y perseguido oficio. Negrita

Para empezar, debo confesar que mi curiosidad por las brujas comenzó desde mi más tierna infancia, cuando en lugar de salir al recreo me iba a la biblioteca de la escuela a devorarme los cuentos de hadas –como verán, era una biblioteca muy elemental- y salía preguntándome si de verdad Maléfica y demás representantes del oficio brujeril eran tan pero tan malas como parecían, o alguien simplemente había decidido calumniarlas.

También me encantaba Samantha, la bruja buena de Hechizada, y me maravillaba lo que lograba con sólo mover la nariz. Desde luego, nunca soñé con ser una de las princesas atormentadas por las brujas en los cuentos de hadas. Todo eso, confieso, me ganó el sobrenombre de “rarita” entre mis compañeras, cosa que ni me importó entonces ni me importa ahora, pues nunca aspiré a ser reina de popularidad.

Algunos años después, ya sabiéndome casi de memoria las colecciones de los hermanos Grimm, de Perrault y demás clásicos infantiles, descubrí Las Brujas de Salem, de Arthur Miller, y comprendí que los personajes que tanto me intrigaban eran el arquetipo de algo más que la maldad, y que efectivamente habían sido calumniadas, una calumnia que ya llevaba varios siglos. Ya lo dice el dicho: “calumnia, que algo queda”.

Siguiendo con la investigación, que duró su tiempecito, no se crean, aprendí que las brujas representan, mejor que cualquier otro símbolo, la discriminación de género.
Sí, porque “bruja” fue el titulito que les endosaron en la Edad Media los “santos” inquisidores y la aun más santa madre iglesia (católica o reformista-puritana, da lo mismo) a las mujeres que no se ajustaban a los cánones de una cultura machista y represora. Una cultura que veía con sospecha (yo creo que más bien con miedo) a las mujeres con sed de conocimiento, a las que no dependían de un hombre, a las curanderas, conocedoras de las artes de la sanación (horror!!!) y del amor (más horror!!!).

Había, pues, que perseguirlas y someterlas. Las llamaron brujas o hechiceras y les colgaron toda clase de “milagritos”: pervertidas, paganas, dueñas de poderes sobrenaturales y súbditas del diablo, todo lo cual justificaba que fueran quemadas con leña verde o, por lo menos, exiliadas a lugares apartados, donde no pudieran ejercer sus maléficas y oscuras artes.

Y esa fue la principal razón por la que, de intrigarme, las brujas comenzaron a apasionarme.
Como unas cosas llevaron a otras, en menos que les cuento ya estaba yo metida con la causa feminista, y cada vez más convencida de querer aprender un poco de la sabiduría que, en tiempos tan oscuros, hizo brillar con luz propia a mujeres como Anne Hutchinson, Mary Dyer, Mary Bliss Parsons y tantas otras, que lucharon para echar abajo las ridículas trabas con las que pretendieron cortarles las alas.
Así que lo confieso, sin más: soy, orgullosamente, aprendiz de bruja.

2 comentarios:

  1. PERO TÚ ERES LA MEJOR BRUJA DE TODAS LAS MENCIONADAS.
    majo

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  2. jajaja, que va, una mera aprendiz, pero gracias por tu comentario. Ya soy tu seguidora eh? pero tienes que escribir.

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