Un debate en el que los mexicanos estábamos absurdamente metidos desde hace varios meses concluyó por fin de la mejor manera: un fallo de la Suprema Corte de Justicia de la Nación que reconoce el derecho de las parejas homosexuales en el Distrito Federal a solicitar adopciones.
La semana anterior, el máximo tribunal declaró también la validez en todo el país de los matrimonios entre personas del mismo sexo.
El argumento es muy simple: impedir a estas parejas el derecho a contraer matrimonio a solicitar una adopción es discriminarlas por sus preferencias sexuales, y eso lo prohíbe la Constitución. No hay más que discutir. Es un tema de igualdad, y ese es un derecho fundamental.
Entonces ¿por qué la opsición, el rechazo y hasta las acusaciones irresponsables, por parte de los grupos más conservadores de la sociedad mexicana de que los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación fueron "maiceados"? Es una afirmación grave y sin bases, que no puede pasarse por alto. POr lo pronto ya recibió la censura de todos los ministros, incluso de los que votaron en contra de la reforma.
¿Por qué, simplemente, no podemos convivir y respetar al de a lado y reconocer que es igual a nosotros, aunque no tenga el mismo color de piel, religión o preferencias sexuales? ¿Por qué hay grupos empeñados en imponer a los demás su visión de lo que es "moral y buenas costumbres" cuando eso corresponde al ámbito estrictamente personal?
El estereotipo de la "familia Disneylandia": papá-mamá-hijos, defendido a ultranza por las religiones de todas las denominaciones, pero particularmente la católica, no es sinónimo de familia feliz:
todos los días sabemos de hijos , explotados, golpeados o asesinados por uno o ambos padres dentro de un hogar formado en ese modelo.
La violencia intrafamiliar, el abuso, las adicciones son problemas cotidianos que enfrentan las familias tradicionales... y las homosexuales, por supuesto. Pero hay también parejas homosexuales que son modelo de convivencia, armonía y felicidad.
Tengo la fortuna de contar entre mis amigos más queridos a parejas heterosexuales y homosexuales, también algunos solteros y otros cuantos que viven en unión libre. Todos, absolutamente todos, son personas dignas de respeto y de confianza. Algunos de ellos son ya amorosos y entregados padres o madres; otros están en vías de serlo o, al menos, lo planean, y a algunos más no les interesa explorar esa faceta, una decisión que también es respetable.
Estoy convencida de que todos ellos, sin excepción, son capaces de cuidar y educar a un hijo, propio o adoptado; de inculcarle valores, principios y respeto a los demás y a sus diferencias. Eso es lo que cuenta.
La orientación sexual no define la calidad moral de las personas, ni su capacidad para ser madre o padre, estableció la Corte en su resolución. Esa es una realidad que puede comprobarse todos los días.
Las leyes no pueden fundarse en creencias, sino únicamente en el Derecho.
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